Astérix el Galo

Conocí las historietas de Astérix El Galo en 1980, cuando Federico Menéndez se hizo fan de las mismas. Federico era uno de mis mejores amigos en la primaria -a la que yo acababa de llegar- y como sucede en esas situaciones, yo también me hice fan de las historias escritas por René Goscinny y dibujadas por Albert Uderzo.

Comencé a comprar las historietas en Aurrerá y siempre cito las mismas porque en los años 80, gobernador por Miguel de la Madrid, la inflación supero los 4000%, sí… CUATRO MIL POR CIENTO. No hubo una guerra, nadie nos invadió, nadie nos hizo un bloqueo económico, simplemente nos gobernaba el PRI.

Pero no quiero escribir de política o economía, pero siempre Astérix me recuerda esto porque en los primeros que compré, Astérix en Hispania y Astérix en Bretaña, me habrán costado 100 pesos y los últimos más de mil.

Nunca los tuve todos. Alguna vez mi mamá me trajo de un viaje un Astérix en francés que sigo atesorando (ya luego me compré uno en el aeropuerto de Orly), pero nunca tuve toda la colección y hasta hace unos cinco o seis años compré un par que se me quedaron hasta abajo en mis lecturas pendientes y están en mi lista de ‘no localizados’ (estos suelen aparacer cuando busco otra cosa).

O sea, que no los he leído.

Pero Salvat ha decidido, desde hace un par de meses, editarlos todos nuevamente y como saben estos de la editorial lanzar anzuelos, no solamente dieron mucho más barato en número 1 sino que este fue Astérix y Latraviata, una de las nuevas historias hechas por nuevos guionista y dibujante. Aunque hubiera comparado toda la colección en los 80, esta historia es de lo más nueva.

Como para no olvidar la inflación de cuando primero lo compré, el primer ejemplar -por la promoción- me costó $59 pesos, el segundo ejemplar $160 y a partir del tercero han sido $220 morlacos por libro (álbum es el concepto que usan en la editorial).

Además, cuando uno los junta aparecen en el lomo los personajes de la aldea gala “que resiste ahora y siempre al invasor”, cosa que siempre odié de las enciclopedias que se vendían por ‘fascículos’ en el Aurrerá (de las cuales mi favorita es La Historia del Arte e Historia Universal Ilustrada) pero pues aquí está padre regresar a la segunda mitad del Siglo XX comprando cada semana un capítulo de mis historietas favoritas en el puesto de revistas.

Y no es que piense que las historietas sean el pináculo de la cultura, en eso Bill Maher tiene razón, son cosas para niños (los cómics no son literatura ni las películas de cómics son buen cine)… pero están divertidas y me recuerdan muy buenos tiempos. He de aceptar que aunque he leído varias de estas historietas, no me acuerdo en qué terminan, cómo resuelven su aventura la final y me han arrancado nuevamente un par de carcajadas.

No haré una reseña de estos libros que, por cierto, a diferencia de las historietas americanas de superhéroes, han tomado más o menos un año en elaborarse cada uno por sus creadores, pero sí quería compartir que ojalá se vendan bien y alguien nuevo tome gustos por el lado europeo de los cómics.