Leonora Carrington, Cuentos Mágicos

Mi encuentro con el arte de Carrington fue profundamente desafortunado. No tendría yo más de diez años cuando mi mamá me presentó el arte de Remedios Varo, de cuyos cuadros me enamoré muy temprano en la vida, entonces -y en un mundo sin internet- traté de buscar lo más posible de la artista. Encontré dos libros en casa, en uno de los cuales se hablaba de su amistad con Leonora Carrington.

Por un burdo deseo infantil y con la lógica de un niño de siete, creí que en el arte de Carrintgton encontraría más Remedios y vaya decepción, sí había semejanza, animales y seres fantásticos, pero no más… decepcionado de ello no volví a acercarme a la obra de Leonora Carrington, así me pusieran sus esculturas sobre Paseo de la Reforma, apenas la volteaba a ver.

Con la magia que la caracteriza, Nora se acercó también al arte de Remedios en el Museo de Arte Moderno y, de forma casi lógica, terminó leyendo de Leonora, así que regresamos al Museo de Arte Moderno, ahora a ver las obras de la amiga.

Sin mis infantiles prejuicios, Nora se acercó con ávida curiosidad a vida y obra de la artista originaria de Inglaterra y la acompañé a una exposición a la que solo no me hubiera acercado jamás.

Entendí algo pronto -ya en la exposición Leonora Carrintgon: Cuentos Mágicos- que lo que me molestaba en su obra era la falta de una composición -digámosle académica- en los cuadros, solo un par responde a lo que me enseñaron en la escuela acerca de las proporciones. Pero ya que uno está bien adentrado en materia, con hienas, caballos y seres mágicos, no importa la falta de simetría en el cuadro… y para ello ha harto harto harto porque se consiguieron las personas del museo más de 200 obras, por lo que deben de tomarse su tiempo para disfrutar la caminada llena de arte y magia.

Casi al final de la exposición está el mural que la artista hizo para el Museo Nacional de Antropología: el Mundo Mágico de los Mayas, expuesto con todo el trabajo previo… esto solito vale la pena verlo.

Este pulpo casi pasa desapercibido en uno de los cuadros. Muchos de ellos tienen cosas, así, detalles fantásticos e inesperados.

Al final uno no puede salir aplaudiéndolo todo, porque termina odiando uno a David Alfaro Siqueiros por ojete, pero incluso eso no es tan malo, porque Siqueiros era un ojete.

Afortunadamente -al menos para mí- lo que más hay son pinturas, por mucho, y a ellas se unen algunos pocos objetos personales, un par de cartas escritas por una joven, obsesionada, artista a Renato Leduc (a la cual le voy a robar un par de líneas), algunas fotos, un par de esculturas y otro par de piezas en plata.

La exposición me reconcilió al arte que por casi cuatro décadas le di la vuelta (por no decir que le hice ‘el fuchi’), al menos conmigo logró el objetivo de entender de qué iban los sueños de esta surrealista y me dejó ganas de averiguar más y de ver más.

Vayan a verla.