La Cabaña (2017)

La historia de La Cabaña me gustó desde su origen.

Algo hizo William P. Young muy muy mal que quebró y un banco se quedó con su casa. Cualquiera que fuera su error, por trabajo no quedó para él y rentó un pequeño departamento para él, su esposa y sus seis hijos… y se metió a dos trabajos para mantener a flote a la familia.

Con la Navidad en mente y la certeza que no tendría para regalos, decidió escribir una historia para su familia ¿el tema? sus sentimientos hacia Dios (cuando todo marcha bien, somos todos agradecidos, pero cuando no…) y así fue que se originó la historia de La Cabaña.

En la historia al protagonista le va un millón de veces peor que en la vida real de Young porque el padre de tres hijos (dos nenas y un chico) al irse a un lago con ellos (la esposa estaba trabajando) le secuestran y matan a la hija menor.

No crean que por esta sutileza ya les conté la historia. En lo absoluto, este es solo el terrible comienzo de la historia de un hombre religioso (creyente es la palabra más adecuada) que busca enseñarle a sus hijos sus creencias, les explica el universo desde su punto de vista y de pronto, pues todo deja de tener sentido.

La película es un viaje espiritual que si bien religioso, no por ello se centra en dogmas o nos trata de vender fácilmente a un Dios y el misterio de la Santísima Trinidad. Icreíblemente, hacen todo lo anterior con argumentos y razonando la ‘venta’.

A uno le cuestionan hasta las más pequeñas cosas en la película y no porque uno crea o no en Dios, sino por las incongruencias que se tienen en el día a día, lo mala onda que uno es… y claro, está la gran confrontación de los sentimientos de este hombre que perdió a su hija más pequeña.

Grandes o chicas, uno va teniendo en la vida las tragedias y esta película puede ser un buen modo de ponerlas en perspectiva y de razonar lo egoístas que nos podemos poner.

No es necesariamente una película que se tenga que ver en el cine porque, en primera, creo que ya la quitaron y en segunda porque la fotografía no es particularmente hermosa o busca ser preciosista (como sí lo busca ser el mensaje). Pero lo que sí es que uno debe verla de un jalón porque el mood es imprescindible.

Por cierto, al final, William P. Young terminó esta historia para que su familia y amigos la leyeran en Navidad… y vendió no solamente 20 millones de copias sino los derechos para que se hiciera una película con su historia.