Red Moon Rising

Para salir del círculo vicioso película de niños-libro de guerra-película de niños y como el libro de la vida del astronauta Pete Conrad resultó tan bueno, decidí seguir las lecturas en ese tenor y hacerme de otro libro que hablara de la aventura espacial.

En una azarosa visita a Minnesota pasé toda una tarde metido en un Barnes & Noble discutiendo con uno de los vendedores acerca de los textos de Stephen E. Ambrose y preguntándole por libros que hablaran de exploración espacial porque ya estaba medio cansado de tanto leer de guerra (aunque salí con un par de libros de este tema).

Uno de los libros recomendados fue Red Moon Rising

El asunto es que después de las películas The Right Stuff, Apolo 13, la miniserie de HBO From the Earth to the Moon y el libro The Rocketman, sentí que estaba yo muy cargado al lado gringo de la historia…

Claro, tengo un par de libros de la editorial Mir en que hablan de la odisea espacial soviética, pero ¡Diosanto!, qué cursilerías escribían los amigos incitados por la censura, ni un solo problema, todos eran amigos y todo en el país de los soviets resultaba exactamente como y cuando lo planeaban. Claro que hay un par de cursilerías que me hubiera gustado escribir a mí, porque cuando se lo proponían, estos comunistas escribían muy buenas cursilerías.

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Buscando algo del lado ruso, encontré un par de libros estúpidamente caros y este, Red Moon Rising, de un tal Matthew Brzezinski, del que no sé nada más que fue corresponsal en Moscú para el Wall Street Journal. Su historia prometía ser la de las rivalidades soviético-americanas que impulsaron la carrera espacial en la década de los 50.

El libro estaba apilado entre una novela rosa, otros tantos libros de guerra y una biografía de un piloto de Fórmula Uno que resultó malísima…

Decía Kevin Arnold que algunos hombres buscan la grandeza… y otros la encuentran cuando están en el baño. Alguna vez corriendo rumbo al baño tomé el primer libro que encontré y dejé que se cocieran esas habas al gusto mientras leía las primeras páginas de Red Moon Rising.

Hay que aceptarlo, el asunto de la exploración espacial no es un tema popular, aquellos que vemos en canal de la NASA, nos emocionamos cuando le ponen un nuevo componente a la Estación Espacial Internacional y que sabemos quiénes son los hombres que pisaron la Luna somos calificados como nerds.

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Uno de estos nerds a quien encantan estas historias es Tom Hanks, cuando produjo la miniserie From The Earth to the Moon, Hanks decía que no había que agregar nada a las historias originales porque estas, así como sucedieron, resultan sumamente atractivas.

El problema es saber contar bien las historias y no todo el mundo lo hace así.

Brzezinski comienza su libro con un lanzamiento de una V.2, el primer cohete balístico del mundo, con el que los alemanes esperaban poder ganar la Segunda Guerra Mundial. La crónica cuenta todo desde la perspectiva del cohete, primero de la pesadez de estar truene y truene, vibrando espantosamente y apenas despegándose del suelo unos centímetros.

Matthew sigue contando cómo, luego de apenas avanzar unos pocos cientos de metros, la V.2 había ya gastado la mitad de su combustible y por ende, perdido la mitad de su peso, ganando velocidad… hacia el final de la crónica, que es como la breve aventura de un simpático cohete alemán, el asunto pierde su gracia porque el cohete aterrizó en una casa en Londres, matando a una niña de seis años.

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Las fotos de Gagarin casi siempre iban retocadas, lo mismo que sus biografías y crónicas. El retrato que da este libro es de un programa espacial soviético con todas las luces y sombras de la convivencia humana en un estado policiaco.

Lo siguiente que hace el autor es contar la historia de un militar americano, llegado a Alemania justo después de su rendición para buscar todo el posible material del programa balístico nazi, cohetes, planes y sobretodo: científicos. Y el asunto es que del otro lado estaban un montón de militares soviéticos haciendo exactamente lo mismo.

El libro, aunque se enfoca en el programa espacial soviético, narra también los pasos de los norteamericanos que se peleaban entre sí –la fuerza aérea contra el ejército- por tener el presupuesto para desarrollar cohetes. La combinación entre generales y políticos armó una maraña tal que el programa sencillamente no despegaba, de hecho resulta divertido leer de tantos y tantos fracasos norteamericanos, porque todo lo que lanzaban o explotaba en la plataforma, explotaba a medio vuelo o sencillamente no volaba.

A los americanos les gusta mucho denostar el programa espacial ruso, que NUNCA ha perdido a un cosmonauta en el espacio.

A los americanos les gusta mucho denostar el programa espacial ruso, que NUNCA ha perdido a un cosmonauta en el espacio.

Del lado ruso resulta más divertido, nada cursi, enterarnos de que el genio detrás de los logros soviéticos como el Sputnik o el haber colocado a Yuri Gagarin en el espacio, Sergei Korolev, estuvo preso en Siberia, trabajando en condiciones espantosas y una vez liberado fue obligado a trabajar con el tipo que lo había denunciado como espía… para colmo, Korolev trabajaba en el más absoluto anonimato, mientras su contraparte en Estados Unidos, el alemán Von Braun, salía en la televisión y hablaba en un programa de Walt Disney sobre la exploración espacial, todos los rusos ignoraban la existencia de un diseñador maestro detrás del esfuerzo espacial soviético, quien trabajaba con la promesa que después de su nombre, darían a conocer al mundo sus logros.

Y como esta, hay muchas historias en el libro, de los pequeños engaños que lograron que un grupo de militares y científicos americanos lograron el presupuesto para mandar una sonda al espacio y de las truquiñuelas que el mismo Korolev usaba para convencer a sus superiores de dejarlo mandar un satélite artificial al espacio. Y curioso, ni el presidente americano ni el premier soviético querían explorar el espacio, ellos lo que querían eran cohetes para echarle bombas encima a sus enemigos.

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German Titov, se quedó a un volado de ser el primer hombre en el espacio.

Nadie quería explorar el espacio, sólo un pequeño puñado de gente entendió que dándole a los políticos cohetes para transportar bombas, les dejarían uno o dos de estos artefactos para poner satélites o mandar naves con gente dentro, pero sólo –y sólo después de- tener un cohete militar.

Matthew Brzezinski lo que logra es contar un chisme sensacional. Si bien ya sabemos que los rusos ganaron la carrera espacial, al poner un hombre en el espacio antes que nadie (y antes que eso el primer satélite artificial), el saber cómo realmente lo lograron es extraordinario… porque la historia está llena de datos y anécdotas que no necesitan ser ‘hoollywoodasas’ para hacer una buena historia… uno de los ingenieros de Korolev, por ejemplo, al detectar una fuga en la tubería del hidrógeno líquido que es parte del combustible de uno de los cohetes, pidió una botella de vodka y un trapo para arreglar la fuga: hizo un nudo con el trapo alrededor de la fuga y se orinó encima, el hidrógeno líquido lo congeló todo y la fuga se tapó.

Como digo en el caso de Ambrose… se le pueden perdonar ciertas inexactitudes, el asunto es que cuente tan bien la historia y Brzezinski, en un tema que suele aburrir tanto, resulta que se aventó uno de los mejores libros que he leído en mi vida.