Programa Mexicano con la Filarmónica de la UNAM

Cada que una orquesta en México toca una de las piezas que más me gustan en la vida, me entero dos o tres meses después.

No es lo mismo que ver, por ejemplo, a mi grupo favorito de rock, es una sensación distinta con la música clásica. Hay menos pasión desbordada, pero mucho más intimidad.

Lo que más me llamó la atención del Programa Mexicano ofrecido por la Orquesta Filarmónica de la UNAM fue el Huapango de Moncayo, ese que todo el mundo dice que es como nuestro segundo himno nacional. Nunca lo había escuchado en vivo y era un buen pretexto para ir el fin de semana a la Sala Nezahualcóyotl.

Claro, esto lo descubrí la mañana del sábado y el concierto era ese mismo sábado a las 8 de la noche… y el domingo repetía a las 12 del día. Pero al llegar nos enteramos que ya tenía rato sin haber boletos. Y aquí vale la pena la queja porque no hay manera de comprar cómodamente las entradas para ver a la OFUNAM, hay que ir a la taquilla o trabajar en la Universidad.

El sistema antediluviano de la UNAM deja abierta la posibilidad de que, de todos esos boletos que se reparten de manera gratuita, la gente no los ocupe, se los coma o -en un acto de corrupción- los venda. No sé cómo funcione exactamente, pero parece ser que después de determinado tiempo la administración de la Sala se da cuenta si quedan muchos lugares libres y entonces ‘libera’ boletos que se pueden comprar en taquilla unos minutos antes del inicio del concierto.

boletos

Esta vez, según nos dijeron, por la demanda, no habría liberación de boletos… luego de tratar de conseguir otros boletos para la Sinfonía Coral para Piano y Orquesta de Beethoven (que todavía no venden porque es hasta noviembre) una señora nos regaló sus boletos. Así nada más, en un acto que se me hizo románticamente universitario, y uno que se repite frecuentemente.

Agradecido hasta la médula pude escuchar, por primera vez en vivo, el famoso Huapango de José Pablo Moncayo. Mentiría si no digo que la carne se me puso chinita. No soy muy dado a nacionalismos, pero pues esta vez me dio, no sé si por el bonito texto del programa -que leímos acuciosamente- pero el resultado fue muy emocionante.

Luego entró el mariachi, el Juvenil de Tecatitlán (no el Vargas de Tecatitilán que salía tanto en la tele), que hizo lo mejor que pudo. Desgraciadamente estaba muy mal sonorizado y entre la falla técnica y que el que cantaba no tenía voz la cosa salió como que a la mitad. Claudia Sierra lo hizo bastante bien, con un traje que me pareció hermoso y una voz que pudo con los problemas técnicos.

Como siempre que en estos recintos, con estas orquestas, sucede, trataron de que no les ganara lo popular, el lugar común, lo vulgar, lo naco… y así de las que supe qué eran estuvieron Cielo Rojo, Cucurrucucú Paloma (acá fallaron voz y sonido), Échame a mí la culpa y México Lindo y Querido (esa fea canción que se volvió bonita cuando quien la cantaba murió muy lejos de aquí).

Pero en el primer encore que nos gana a todos y que se avientan Amor Eterno de Juan Gabriel. Muy bonito, muy apropiado y cada que voy a la Sala Neza me siento más orgulloso de ser universitario.