Rocketman

A mi generación no le tocaron las hazañas de las primeras exploraciones espaciales y aunque de algún modo en la infancia todos quisimos ser astronautas, no vimos la carrera espacial en vivo y solamente nos tocaron las historias del Skylab, mal cubiertas por la prensa. Los astronautas, además, fueron retratados como héroes bastante grises, con vidas perfectas, siempre dispuestos a arriesgar la vida por su nación y tonterías del tipo. Las biografías de los cosmonautas rusos estaban llenos de historias cursis de amor a la Unión Soviética, producto de su propaganda, y las historias de la NASA eran un poco peores, porque ni siquiera aspiraban a lo cursi.

Me tocaron, en cambio, la exploración a otros planetas hechas por naves sin tripulación. Recuerdo a Pedro Ferriz Sanracruz narrando los programas especiales dedicados a la llegada de la sonda Viajero (1 y 2) tanto a Júpiter como a Saturno, pero nada de grandes aventuras.

La exploración espacial me atrajo siempre, pero le faltaba el elemento de los héroes de carne y hueso. Fue hasta que vi la pelí­cula The Right Stuff (1983) que encontré algo de drama en estas aventuras. Luego de mucho tiempo y con Apolo 13  (1995) me enteré de los peligros que sí enfrentaron los pilotos de las primeras naves espaciales.

El inicio de mi renovado interés por estos asuntos se dio con la miniserie From the Eath to the Moon (1998)-, producida por Tom Hanks. Mi capí­tulo favorito de esta serie es Is there all that is? Que trata sobre el Apolo 12. Estpa basado en parte en el libro que escribió uno de sus tripulantes (cuarto hombre en pisar la Luna) Al Bean. Lo que hace el libreto de este capítulo es retratar a un verdadero héroe, todo un personaje, llamado Pete Conrad,  comandante de esta segunda misión a la Luna.

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Había escuchado algunas historias de Pete Conrad, lo habí­a visto en un programa de televisión del desaparecido Speed Channel. Entrevistaba pilotos y hablaba de los aviones, y cada vez que se presentaba con alguien, este alguien -fuera quien fuera- se quedaban con la boca abierta, como no creyendo que estaba hablando con Pete Conrad.

Un día dijeron en las noticias que Pete Conrad había muerto a los casi 70 años de edad, luego de un accidente mientras paseaba en su Harley-Davidson.

Su viuda escribió un libro sobre la vida de su esposo. No podí­a imaginarme la cantidad de anécdotas que el libro podía contar del tipo que al bajar las escaleras del módulo lunar venía comentando “seguro fue un pequeño paso para Neil, pero es uno grande para mi”  (medía 1.68 contra los 1.80 de Neil Armstrong) para después simplemente gritar “Whoooopeeeeeee!“.

La vida de Conrad es extraordinaria desde el primer momento. La historia comienza con la historia de cómo sus ancestros llegaron a Pennsylvania. La familia siempre tuvo dinero, o lo habí­a tenido,  porque en 1929 perdieron todo en la Gran Depresión. La otrora gran casa de los Conrad (donde viví­a el pequeño Pete con sus dos hermanas mayores) se fue quedando vací­a, primero porque corrieron a los empleados, luego porque fueron vendiendo los muebles y tercero porque abandonaron la casota para mudarse a una casita pequeña luego que el papá perdió su negocio.

El pequeño Conrad, después de tener que despedirse del chofer de la familia, quien le enseñó los primeros secretos de la mecánica (primero en el motor del auto del coche, luego al desarmar el motor de una motocicleta Indian), pensaba que aquello no podí­a ponerse peor -y como siempre, se puso peor-.

Disléxico, con el sistema educativo de entonces sin poder diagnosticar -mucho menos tratar- la dislexia, Conrad fue de mal en peor en la escuela; mientras su papá además de distanciaba de la familia, Pete era amenazado con ser reprobado y aún más, con expulsarlos de la escuela. Con la dislexia a cuestas, sin embargo, todos los esfuerzos de Conrad se fueron por la borda.

Los primeros capí­tulos de este libro son un recuento de la desesperación de un niño al que todo le sale absolutamente mal y que, para colmo, lo único que le gustaba, lo que entendí­a, era la mecánica. Su futuro se vislumbraba como el encargado de una gasolinera.

En medio de la desesperación, habiendo comenzado mal en su nueva escuela, de repente Pete se dio cuenta que todo era como en la mecánica: debí­a seguir un procedimiento, igual que limpiaba el motor de la Indian harí­a todo lo demás, por pasos. Comenzó a irle tan bien que consiguió entrar a la Universidad de Princeton con una beca de la Armada.

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Howard A. Klausner dio al libro una estructura fantástica. Comienza no con el nacimiento de Conrad sino con los últimos detalles de la preparación para dar la vuelta al mundo en un Lear Jet y la guí­a del libro es precisamente la vuelta al mundo, con Conrad repasando su vida mientras volaba alrededor alrededor del globo terráqueo buscando romper un récord. Un viaje más en la increí­ble vida que había llevado y el texto repite una y otra vez que no era la gloria, la historia o la leyenda, era todo por el viaje.

La vida de Pete Conrad se puede resumir en dos momentos, porque uno piensa que después de caminar en la Luna ya no hay más qué hacer en la vida. -¿Qué fue lo más emocionante en tu vida? -le pregunta un chavo que viene con él en el Lear Jet -¿Tu primer vuelo solo o el caminar en la
Luna?- A lo que el astronauta contesta que ninguna de las dos y luego de hacer una pausa revela: “mi primer aterrizaje en un portaaviones”.

En otro momento del vuelo le preguntan eso que uno se imagina de los 12 hombres que caminaron en la Luna: -¿No se pone mejor que eso, verdad Pete?… y sin chistar, Conrad respondió: “para mí­ se puso mejor en Skylab”.

Con mil anécdotas qué contar, siempre con una sonrisa en los labios, toda la vida contando chistes, echando relajo todo el tiempo, así­ es como todo el mundo recuerda a Conrad, que no dejó de cantar, hacer chistes ni cuando estaba trabajando en la Luna.

“Si no puedes ser el mejor, sé pintoresco”, era el lema de Conrad.

¡Este es un librazo! Porque va, además, de aventura en aventura, cuando no estaba preparándose para viajar a la Luna, estaba viendo fotos del Playboy en ella, o probando el más nuevo avión de la Marina, trabajando para el tipo que inventó la televisión por cable (el mismo que patrocinó el viaje alrededor del mundo), diseñando y viajando en la primera estación espacial o promocionando el entonces nuevo avión de la Boeing.

Y todo con un humor increíble.