Samurai!

Buscando qué pelí­culas de guerra ver para el sitio que llevaba mi amigo Paco Peña, Cinevisiones, me recomendaron algo parecido a ‘La visión de los vencidos’, es decir, pelí­culas como Das Boot, una película alemana sobre los submarinistas alemanes. Sin embargo, los realizadores de la pelí­cula alemana no tuvieron parte activa en el conflicto que relatan como para dar una versión de primera mano.

Esto de la versión de los vencidos me recordó el fantástico libro de Heinz Knoke, quien en Yo volé para el Führer da, a manera de un diario, su recuento de la Segunda Guerra Mundial. En este libro, por cierto, Knocke relata que en los dí­as de verano de 1944 hací­a tanto calor y les estaba yendo tan mal, que cada que cerraba la cabina de su avión, el piloto sentí­a como si cerrara la tapa de su ataúd, en muchí­simos documentales, libros y programas de televisión de la guerra, he escuchado esa cita como algo fatí­dico, siendo que Knoke se refería al calor.

Siguiendo con esa lí­nea de los que perdieron la guerra y más exactamente los pilotos que pelearon por países que perdieron la guerra, me topé con el libro Samurai! escrito por Saburo Sakai. De los grandes ases de la aviación, Sakai es uno de los más respetados, al terminar la guerra era el piloto vivo con más aviones enemigos derribados a su crédito con 64 (en combate aéreo y acreditados, aunque es muy probable que haya sido el responsable de más).

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El libro, un libro de guerra, totalmente, es toda una lección de cómo los japoneses ven la vida, cómo vivieron el conflicto desde su forma de pensar y es un ejemplo extraordinario del tesón japonés pues Sakai se me figura el mejor ejemplo de lo que es tener metas y partirse el alma buscando alcanzarlas. Saboru nació el 26 de agosto de 1916 en un pueblito chiquitito llamado Saga.

A él y a sus seis hermanos los educó su madre (su padre murió cuando Saburo tení­a sólo 11 años) y el inicio de su libro es, realmente, una historia deprimente. No solamente era una familia de ocho sostenido por una mujer, era la familia más pobre del tampoco muy próspero pueblo de Saga.Una lucecita apareció cuando un tí­o de Saburo decidió patrocinar sus estudios en Tokio, el niño era, como quiera, el primero de su clase. Los cuidados y severidad del tí­o de Saburo no sirvieron de mucho, desgraciadamente, el tipo nomás, por más que dice que estudiaba, estaba a la mitad de la clase y es aquí­ cuando vemos la disciplina del japonés, la competitividad porque no le importaba ir aprobando o llevar buenas calificaciones, de hecho no menciona si le iba bien o mal, sólo dice que era una desgracia estar a mitad de la clase y no ser el primero como en su pueblo natal y eso le jode horriblemente.Tan competitivo era Saboru que el hecho de no ser el primero, de no estar entre los primeros, lo hacen tomar una actitud patética, se junta con los patanes de la escuela y, como no tiene otra manera de probar (a él­ mismo sobretodo) su liderazgo, se pelea casi diario con quien se deje.

Total, los maestros se cansaron de mandarle cartas al tío y el tío se cansó de mantener a un inútil y lo regresó a su pueblo, a donde regresó con la cola entre las patas. Su abuelo habí­a sido un guerrero a servicio de un señor feudal en Saga, caí­do en la desgracia cuando se eliminó el sistema de castas en Japón. Aunque en la más terrible miseria, su madre siempre le recordaba su linaje, su orgullo “¡Qué vergüenza!” le decí­a cuando regresaba de chico llorando por un infortunio y así­, con toda la vergüenza del mundo, regresó fracasado de Tokio.

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El puberto desmadroso decidió entonces reclutarse en la marina imperial. Da cuenta Saburo de su terrible entrenamiento, de los maltratos que recibí­a y de la terrible disciplina militar a la que fue sometido, todo con el miedo de ser rechazado también de la marina. Pero, ahora sí­, siguiendo el código Bushido de su familia, de sus antepasados Samurai, se disciplinó y terminó primero en su clase, de 1,500 aspirantes, fue el primero de 25 que fueron aceptados para ser pilotos.

Saburo aprobó lo que tení­a que aprobar y se convirtió el piloto naval, fue mandado a China donde derribó su primer avión; pero no al estilo de un as. Sakai perdió a sus compañeros, se quedó hasta atrás persiguiendo a su enemigo y se acabó las balas derribando a un pesado bombadero ruso; si un enemigo se lo hubiera encontrado en su camino de regreso no tení­a ni compañeros que lo defendieran ni balas con qué hacerlo.

La invasión a la Manchuria China fue la primera parte de esto que hoy conocemos como La Segunda Guerra Mundial y de ahí­ para el real, Sakai fue derribando avión tras avión y la forma en que lo narra es preciosa. A veces peca de soberbio, porque da cuenta de cómo sus enemigos cometí­an tonterí­as que él aprovechaba para derribarlos (narra incluso cómo hizo a dos americanos estrellarse, sin disparar un solo tiro).

Aunque el día de hoy (y más desde su muerte, a los 84 años en octubre del 2000) es reconocido con uno de los má¡s grandes ases de toda la guerra (incluyendo el frente europeo), Sakai no escatima elogios para dos de sus compañeros en su escuadrón, a quienes conoció en la base de la isla Lae, de apellidos Ota y Nakajima. Según Sakai, los mejores pilotos en la armada japonesa de aquél tiempo. Con ellos formó el ‘Ala de Lae’ con la que dominaron, con total impunidad, el Pací­fico.

Arrogantes, Sakai está seguro que la superioridad que alcanzó en el aire junto con Nakajima y Ota se debí­a al entrenamiento “y también, en gran parte, al famoso avión Zero que los hacía invulnerables a los disparos de los americanos. Incluso cuando la cosa se fue poniendo fea para los japoneses, hay segmentos muy entretenidos en los que, seguido por más de cuatro aviones enemigos, Sakai cuenta todas sus peripecias, maniobras y pensamientos no sólo para salir del problema que se le presentaba sino para escapar y derribar a cuantos americanos pudiera.

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La calidad histórica de lo relatado quedó avalada cuando convencieron a Sakai de ayudar a un artista a pintar un cuadro sobre un incidente con un bombardero norteamericano en particular. Saburo le detalló al artista no solamente el ángulo de ataque de su zero respecto al enemigo sino el tono del  cielo, del mar, la altura, los colores y las formas de las nubes. Terminada la pintura, la vio uno de los tripulantes del bombardero que Sakai había derribado aquél verano en los 40 y se sorprendió de lo detallado y correcto del cuadro. Así­, cada cosa que cuenta en su libro, tiene este nivel de detalle.

Así­ como Heins Knoke, autor de Yo volé para el Führer, se aventó toda la guerra en Europa, Saburo Sakai lo hizo en Asia (una de las grandes diferencias con los pilotos americanos era que éstos, luego de un tiempo, los regresaban a Estados Unidos a entrenar a otros pilotos). A Knoke lo derribaron un par de veces, Sakai era tan bueno que sólo una sola vez su avión fue impactado severamente, pero no fue derribado y logró regresar a su base sangrando de la cabeza, donde le había entrado una bala y sin poder ver (perdió un ojo en el incidente). Sakai sobrevivió a lo que describe como una estupidez, de las mismas que él mismo narra que cometían sus adversarios. Vio a un grupo de aviones americanos, unos cazas Hellcats -pensó y se acercó a ellos por debajo y por atrás, sin que lo vieran -según él-, aceleró para atacar y ya comprometido en el ataque se dio cuenta, muy muy tarde, que eran torpederos del Tipo Avenger, que traí­an ametralladoras apuntando hacia atrás y obvio, lo llenaron de plomo.

El recuento de los hechos bélicos los hace ‘un hombre de a pié’, con una visión histórica limitada (él como el resto de los japoneses, por ejemplo, no se enteró de la derrota de la flota japonesa y el hundimiento de cuatro portaaviones nipones en la batalla de Midway sino mucho, mucho, mucho después). Su visión le quita el romanticismo cursi del amor a la patria, al emperador y todo eso que decí­an los japoneses que luchaban. Sakai luchaba pensando en su mamá, ahorrando todo el tiempo para mandar dinero a casa, pensaba en su novia, era un tipo normal.

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El libro termina con la guerra, y con la rendición de Japón comenzó para Sakai otro martirio de pobreza y hubiera sido bueno que escribiera también de eso, de cómo se recuperó del miserable estado en que quedaron él y su familia de 1945 en adelante.

El libro, escrito por Martin Caidin luego de larguísimas sesiones y revisiones de Sakai, fue publicado originalmente en 1957 (Sakai entonces se volvió la celebridad que debí­a ser) y no he encontrado cuántas reimpresiones lleva, pero sin duda hay un montón porque he encontrado -y se las comparto acá- muchas portadas de ediciones distintas del libro del aviador japonés, cuyo libro es uno de esos de guerra fáciles de leer que si bien hablan de hechos bélicos puede ser leído por cualquiera porque refleja el espíritu humano en condiciones extraordinarias, creo que más por eso que por la guerra es que de este libro siempre hay una edición reciente (la portada de acá arriba, la roja de la izquierda, es apenas de 2015).

Sé que para web hay que escribir corto y al grano, pero este es de los libros que más me han gustado en la vida, lo recomiendo ampliamente.

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