Estampas del metro

Eran pasadas las ocho de la noche y ella iba pintada. Se pintó el ojo y la boca no sé si para el trabajo, para proyectar una mejor imagen o lo hizo pensando en alguien en específico. Su larga cabellera rubia (de bote) ya mostraba más de un par de centímetros de raíz negra (no de bote). Y con las manos, a falta de un pañuelito, se iba quitando las lágrimas que mal podía contener.

Habría mil motivos y los mil me los imaginé desde el otro lado del andén del Metro San Cosme (ella iba dirección Cuatro Caminos y ya estaba sentada, agachando a ratos la cabeza y yo esperaba mi tren del otro lado). La trataron mal en el trabajo, la reprobaron, algo le pasó a su mamá, el novio la dejó… o todo junto.

En la estación de Revolución había una pareja comiéndose a besos (y el resto del trayecto me la pasé con la estúpida tonada de Cruz de Navajas de Mecano).

Ya en el vagón frente a mí cuatro personas iban durmiendo, un señor de bigote leyendo una de esas novelas cochinas y otro señor estaba nervioso porque no sabía en qué estación bajarse. Cuando por fin se paró y se bajó, una señora emocionada trató de sentarse en el lugar vacío, pero un chaval como de 15 años -con audífonos- le ganó el lugar; en su descargo he de decir que no vio a la señora. A la otra estación una chica le cedió el asiento a una señora ‘de edad avanzada’ que venía con un ramo de tulipanes. La señora se durmió al poco rato, igual que el chico de los audífonos.

Eran cerca de las nueve de la noche que me bajé en la estación General Anaya. A esa hora ya casi nadie tiene prisa (y los que sí es porque ya huelen feo).