No existe una verdadera percepción

Les llamo ‘mis amigos los franceses’ a los miembros de FerImp, que entre otras cosas son responsables de darle un impulso increíble al vino mexicano. Cuando Alejandro Langlois me llamó para invitarme a una experiencia con los vinos de Hugo D’Acosta dije que sí sin siquiera voltear a ver la agenda.

Afortunadamente la agenda estaba libre.

La invitación era a vivir una experiencia kinestésica con los vinos de Hugo D’Acosta. Al llegar vi al enólogo, una de esas figuras míticas en el mundillo del vino en México y le pregunté de qué iba el evento. Me contó que la kinestesia es captar al mundo con más sentidos que uno, porque nacemos percibiendo al mundo con los cinco sentidos y a lo largo del tiempo esto nos lo va quitando la sociedad, entonces la idea era tener una experiencia auditiva, visual, olfativa y gustativa con sus vinos.

Cuando nos pasaron a la sala de degustación no había cuadernos o libretas en donde tomar apuntes de los vinos, sino unas cartulinas y unas crayolas, para que dibujando expresáramos lo que el vino (y la música y la luz) nos pareciera.

De ahí surge la idea, de no comunicar lo que me pareció un vino de forma verbal, el clásico “tiene frutos rojos maduros con tonos de hierbabuena y notas de tabaco y menta” sino hacerlo en trazos. De hecho muchas experiencias se pueden comunicar de esta manera.

Este es un poco el camino que quiero explorar ahora. La experiencia -la que sea- expresada en términos gráficos.

‘No existe una verdadera percepción’ es mi experiencia con el Vino de Piedra 2010, elaborado por Hugo D’Acosta en Ensenada, Baja California.

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Este es el apunte original de aquél día. Al final fui a despedirme de Hugo y le pedí que me lo firmara, nomás para probar que estuve ahí. Al final de la experiencia el enólogo mencionó eso que puse así y que le da título al cuadro de arriba, “no existe una verdadera percepción”, porque el mejor vino del mundo me ha sabido muy raro cuando lo probé en una circunstancia de lo más extraña y surreal (donde no me sentía cómodo) en Chihuahua (suponiendo que el Petrus es el mejor vino del mundo).

En cambio una botellita de un Shiraz argentino de 120 pesos me pareció la más genial del mundo porque la compartí con algunos de mis mejores amigos entre chistes y recuerdos de cuando estábamos en la universidad… y sí, el Petrus tiene mejor estructura y está mejor elaborado, pero no me hizo feliz.

En este blog no lo he hecho, pero aprovecho para invitarlos a tomar vino y a disfrutarlo, como dice René Rentería: ‘el vino es goce, no pose’. Prueben y si no los hace feliz cambien de vino, seguro encontrarán la botella, la compañía y crearán la ocasión para poder decir que se han tomado el mejor vino del mundo y ahí sí, nadie podrá contradecirlos.

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