Gran Premio de México 2015

No sé cómo sucedió que me hice aficionado a la Fórmula 1. Recuerdo vagamente que en Estados Unidos pasaban por televisión y me llamaba la atención el precioso Lotus negro de Mario Andretti, piloto norteamericano que era la razón por la cual las carreras las transmitieran en Boston.

Luego fue la influencia de una caricatura que daban en la televisión estatal, Grand Prix, uno de esos dramones japoneses de un piloto llamado Tony Bronson. Ahí aprendí las nociones de lo que es la Fórmula 1.

Ya para 1986 que llegó la Fórmula 1 a México estaba yo bien interesado por el asunto. Mi piloto favorito era por entonces Alain Prost (Niki Lauda se había retirado ya y Gilles Villenueve se había muerto en 1982). Poco después llegó Ayrton Senna y entre ellos dos, Nigel Mansell e incluso Nelson Piquet me entretuvieron mucho los domingos por la mañana. Mi hermano se contagió de esta afición pronto y le comenzó a agradar Senna -por influencia de unos amigos brasileños-, él comenzó a editar la revista Auto y Pista que editaba Marco Tolama y el Gran Premio de Italia de 1992 fue el primero que grabamos (lo hicimos casi 20 años).

Luego comencé también a leer libros sobre la materia.

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La categoría me comenzó a dar flojera cuando acabaron los rebases, cuando las áreas de escape permiten que un piloto se equivoque por tres metros y no pasa nada, etc, etc, etc, pero la idea de que la Fórmula 1 regresaba a México me interesaba mucho, claro que cuando vi los precios dije que no iba a pagar por aquello. Hace 22 años era pagar por ver a algunos de los pilotos cuyas leyendas había visto solo por tele, como Nigel Mansell, Ayrton Senna e incluso el mismo Michele Alboreto (llegué incluso a ver a Michael Schumacher y a Mika Hakkinen), esta vez vinieron pilotos que no me han sorprendido en nada (en parte porque me sorprendo con menos y en parte porque no hay rebases en las carreras).

Pero Renault me invitó y a esas cosas uno no se niega.

Renault es parte de la Alianza Nissan Renault, dueña también de Infiniti, marca de lujo japonesa que en 2013 me llevó al Gran Premio de Australia y me metió hasta los pits.

En esta ocasión me llevaron a los pits de los dos equipos que utilizan motores Renault: Toro Rosso y Red Bull. En el pit de los primeros nos enseñaron las llantas, platicamos con el encargado de las mismas, vimos los motores y estuvimos un buen rato en pit viendo la actividad; luego de eso y acabando las prácticas del viernes nos llevaron al pit de Red Bull, en donde estuvimos ahí junto a los autos mientras los limpiaban, drenaban y ajustaban (aunque no nos dejaron sacar fotos, la experiencia fue única).

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El domingo fui a la carrera y me acordé de qué van estos espectáculos en México. Yo estuve con los demás invitados de Renault, con demás miembros de la prensa y detrás mío estaba Alejandro Konstantonis que de estas cosas sabe un buen rato, así que yo no sufrí lo que mi hermano, que estuvo con el público que no solamente no tenía idea de qué iba el asunto sino que decía pura necedad… los villamelones, claro.

Pero no saber del espectáculo por el que pagaste 18 mil pesos no está mal. Lo que más me llamó la atención fue el asunto de la selfie, ya tan adoptado por nuestra sociedad… porque se trata de pagar por el derecho de presumir que estás o estuviste en tal o cual lugar. Tampoco quiero que todos se levanten los domingos a las siete de la mañana para ver todos los Grandes Premios de la temporada (como sí hacen mis amigos de la prensa especializada quienes, cierto, no pagaron por irse a sacar fotos sino que a todos nos invitaron).

Esperaba una carrera aburrida, en donde no hubiera pelea por el primer lugar como no lo hubo. El público terminó entreteniéndose con Sebastian Vettel que tuvo una ponchadura en la primera vuelta y todos nos entusiasmábamos cuando iba alcanzando a los menos rápidos, pero de ahí en fuera no pasó nada en la carrera como no pasa nunca en las carreras desde hace dos años. Pero siempre he dicho que las carreras no se ven en vivo, ahí se va a disfrutar del ambiente y para eso en México nos pintamos solos.

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Lo que más disfruté fue la experiencia, el volver a vivir -ahora en instalaciones de primer mundo y no como hace 22 años- un Gran Premio de México. Me gustó mucho ver a los autos históricos (cuyo motor suena mucho más que cualquiera de los actuales) como los Matra, Hesket o Benetton. El ver estos autos me remontó precisamente a las carreras que me hicieron aficionado a este deporte.

La Fórmula 1 en México -no sé en otros países- se trata de un espectáculo en el que “hay que estar”, por decir que se estuvo ahí, por hacerse ver, por presunción o simplemente para enterarse, no por la Fórmula 1 en sí, que eso… la verdad, es lo que menos importa. La extremada complejidad de uno de estos autos, la telemetría, la selección de neumáticos, radio de los engranes o la ventilación de los frenos es algo tan lejano al gran público que ni siquiera importa y no importa en la suma final porque el dueño del circo, Bernie Ecclestone, se llevó igual sus millones, la Ciudad de México hizo un anuncio de más de hora y media alrededor del mundo y toda esta gente que vino a jugar con sus autos (como lo pone el ex mecánico de Benetton, Steve Matchett) dejó sus divisas en nuestro país y eso es lo que cuenta.

La Ciudad de México salió bien librada del evento, con su dosis de caos vial, con su detalle de una tribuna entera cerrada a último minuto, pero con comentarios excelentes de la gente que vino a visitarnos.

Sirvió también para que la ‘gente bonita’ se subiera al metro y los adolescentes que venían junto a mi tuvieran mayor referencia de su metro al de Londres y París, hasta entonces los únicos metros que habían conocido.

Me llamó también la atención que la Ciudad de México limpió sus calles, pintó lo que debía ser pintado y sacó a los vendedores ambulantes de los alrededores que son su territorio cuando hay algún concierto… claro que los ambulantes se refugiaron en el lugar donde los respetan más: las estaciones del metro (no por nada abuchearon al Jefe de Gobierno, porque inconsistencias como esta hay mil, pero al menos dio la cara y no como el Presidente, que para no variar fue al evento el jueves, sin público, con ese estilo que lo ha hecho tan popular (sería mejor que no fuera del todo a mostrar el miedo que tiene)).

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El Gran Premio llegó y se fue. Confío en que el público local haga lo mismo en 2016 y los cuatro años que restan del contrato (sin duda espero más que la Fórmula 1 se vuelva entretenida).

No iba a comprar boletos, pero cuando en mayo me llegaron los de Renault me hicieron cambiar de opinión. Fue una verdadera lección la que recibí en los pits tanto de Toro Rosso como de Red Bull y si estaba agradecido con la Alianza Nissan Renault por lo de hace dos años, ahora mucho más, máxime que fue en casa, en el evento a donde todos fueron a sacarse una foto para probar en redes sociales que estaban donde todo el mundo quería estar.

Ahora mi deseo es que, no importando lo que aquí critico, la carrera se quede muchos más años y seamos regulares en el calendario de la Fórmula 1 y esto se convierta en un detonador para que comiencen a hacerse cosas en México de este nivel, de primer mundo (y gran lección para los patéticos y antiguos estadios de futbol que tenemos).

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