500 noches para una crisis

La primera vez que escuché una canción de Joaquín Sabina fue a través de Stereo Joven, estación de la radio estatal mexicana, en el programa De Rola en Rola pusieron la canción Oiga Doctor y era extraño, porque el programa era para rock mexicano, pero ese día decidieron hacer una excepción y lo siguiente que supe es que tenía yo que ir a la tienda a comprarme un disco de este tipo. Así lo hice y en el Aurrerá conseguí un long play de Sabina: Juez y Parte.

Fui a verlo al Palacio de los Deportes la segunda vez que estuvo en México, recuerdo muy bien que cantó El rap del Optimista porque “el año pasado se las quedé a deber” y asistí con toda la regularidad del mundo a verlo cada que hacía gira… hasta que me defraudó con la gira En Paños Menores, luego de lo cual ya no fui a verlo porque me aburría.

Su último disco fue Vinagre y Rosas en 2009 (en 2012 sacó uno con Joan Manuel Serrat), del que tiene cosas que me encantan, lo normal sería decir que me gustan, pero no, las canciones de Sabina me encantan. Desgraciadamente desde 2009 hasta ahora solo ha sacado dos discos en vivo, En el Luna Park y 500 noches para una crisis, ambos grabados en Argentina (por más que diga que México es su segunda patria, sabemos que ese lugar está reservado para Ar… para Buenos Aires). Cada que un artista edita varios discos en vivo ya se va viendo el final de una carrera (Delicate Sound of Thunder y Pulse marcaron para mí el fin de mi grupo preferido).

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El disco no está malo, él mismo acepta que ha sido una forma de tener un pretexto para armarse una nueva gira. El que en el disco -y en vivo- un par de canciones la cante Jaime Asúa y otra Pancho Varona me vino como un robo, “yo pagué por ver a Sabina… en todo caso a Panchito…”

Después de tantos años ya no es el flaco que saltaba y bailaba por todo el escenario, ahora anda un poco más tieso, ya no brinca y por primera vez no sacó la bandera con “un par de tibias y una calavera”, aunque no todo el show son valsecitos peruanos, convirtió esa balada que todos le piden, Princesa, en una canción más roquera que no sé si me gusta (como no me gustan los arreglos a Pero qué hermosas eran, canción a la que le pasó a partir la madre).

Tres veces en el concierto del 13 de mayo algo salió chueco, no sé qué es, pero la regaron… ahora que el público se le entregó como siempre se le ha entregado (aunque sea muy poco, como aquella vez en el Palacio) y no es de extrañar si ya pagaron mil pesos, lo menos que puede hacer uno es divertirse con un artista que le ha entregado las más diversiones de la vida, canciones con las cuales ilustrar nuestros sentimientos en eso que ahora todos llaman el soundtrack de la vida.

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El disco está interesante porque toca la mayoría de las canciones con nuevos arreglos, las mantiene vivas cambiándoles la letra aquí y allá, añadiendo coros, etc. El concierto lo sentí como una despedida, aunque si organiza otra gira a los 70 (tiene 66 cumplidos) ahí estaré de nuez.